Éramos ocho jóvenes entre 18 y 24 años, con un entusiasmo y unos ideales lo suficientemente fuertes como para lanzarnos a una aventura apasionante: crear una granja escuela; y con ella, un espacio profesional autónomo, un equipo de trabajo interdisciplinar y la posibilidad de trabajar en Educación Ambiental, así como de intentar cambiar las cosas. Esas fueron nuestras primeras intuiciones.
Siete hectáreas de montaña y un cortijo en ruinas en un valle privilegiado, entre Granada y el mar fue el marco físico. Un espacio natural con águilas, ciervos y jabalíes, una antigua cortijada que conservaba el sabor rural de varios siglos de pastoreo, madera, cereales y huertas como modo de vida. Con poco dinero, mucha ilusión y siete años para pagar o perderlo todo, empezó Huerto Alegre.
Un año entero dedicamos a reconstruir el cortijo y a constituir la cooperativa y el proyecto educativo. Tuvimos que renunciar a muchas cosas y trabajar sin reloj ni calendario. «La Limpia», una granja escuela de Guadalajara, nos facilitó un modelo que podía ser viable. En Andalucía aún no existía ninguna experiencia de este tipo.
En el Verano del 82 ya estaba todo preparado: talleres, dormitorios, cocina, establos, huerta..., nos faltaban los niños. El Patronato Municipal de Escuelas Infantiles y el Ayuntamiento de Granada aceptaron el reto. Los primeros turnos, después de meses preparando las actividades y programando los contenidos, ya reflejaban una manera de hacer educación y una nueva vía de trabajo ambiental se abría en Granada.
Padres educadores y medios de comunicación apoyaron la experiencia y con el tiempo llegaron los convenios y los acuerdos de colaboración. Primero con el Ayuntamiento de Granada, después con la Diputación Provincial, luego con la Consejería de Educación y Ciencia, la Consejería de Medio Ambiente, la Universidad de Granada y, por último, el Instituto de Psicología del C.N.R. de Roma con el Profesor Francesco Tonucci.
Pero nuestro proyecto no acabó aquí. Poco a poco se va configurando y toma cuerpo la necesidad de ampliar tanto el campo de actividades como la reflexión teórica. Era la consecuencia lógica del crecimiento y desarrollo de un organismo vivo. Los educadores sabemos que si hay vida hay voluntad de crecer: la granja escuela se había quedado pequeña. Necesitábamos una estructura capaz de acoger el modelo que durante este tiempo se había estado fraguando: El Centro de Innovación Educativa Huerto Alegre.
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